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Desarrolla tu creatividad

La inspiración a la hora de escribir

El sindrome de la hoja en blanco, y cómo curarlo...

Los gajes del oficio, el de una profesión que te marca, suelen aparear una serie de dolores de cabeza.  Sarna con gusto no pica, anda diciendo un dicho popular por ahí desde los confines de los tiempos, esta nota lo pone en cuestión porque.

Por ejemplo, a algunas mujeres se nos ocurrió que en la vida nos gusta escribir y a pesar de que nos guste con alma y vida, también descubrimos que pica,  aún así, no demitimos.

Después de una serie de escollos típicos de los artistas,  tarde o temprano nos enfrentamos con la  tan temida "hoja en blanco", o el bloqueo. 

No importa el rubro que sea, uno siempre es artista, lo que pasa es que algunas no lo saben o tardan en descubrirlo. 

Si no cree, vea la creatividad que le surge cada vez que su hijo/a o alguien querido necesita algo de ud, y después me cuenta. 

A veces solo es cuestión de miradas y formas de pensar la vida. Bueno, estábamos con que a algunas se nos da por escribir,  y  pasamos todo por la escritura, hasta que nos agarra el bloqueo y ahí hay que cuidarse.  Siiiiiiiiiiiiii, el síndrome de la dichosa hoja en blanco, tan temida. 

Cualquier mortal se encuentra alguna vez cara a cara con ese dichoso síndrome que tiende a bloquearnos.  Frente a mis hojas en blanco he recopilado algunas sugerencias de algunas experiencias, he cosechado las propias, para concluir que siempre pero siempre es un desafío a vencer.
 

 



A Serrat le ha pasado que ha intentado escribir una canción tratando de olvidar un desamor y mientras tanto, a vislumbrado que al techo le anda haciendo falta una mano de pintura.

Bueno, eso es la versión hombre.  Si bien he pintado mi cielo raso y he terminado con una tortícolis como Dios manda, ahora, él techo en cuestión, anda bárbaro de pintura, pero pensándolo bien frente a la hoja en blanco a mí no me vendría mal un servicio de chapa y pintura. 

Mientras sigue parpadeando o titilando la blancura que daría envidia a cualquier detergente en polvo, miro de reojo, mi niño anda demasiado silencioso y no lo tengo a la vista. 

Eso implica que la contemplación de la blancura debe detenerse por tiempo indeterminado hasta que me cerciore que mi vástago, la casa y los gatos estén vivos y no han provocado ningún desastre natural de esos, que precedidos por el silencio suelen ser más devastadores. 

Una vez enterada que no hicieron, proporcionalmente, más de lo acostumbrado vuelvo a sentarme.  Una ligera inclinación de la silla de la computadora me convence que seguramente mi hijo o hija han querido desafiar la ley de la gravedad, por ende, llego a la conclusión que no es que además de ser bizca, miope y algunas otras yerbas propicias de la edad, vea inclinado como la torre de pisa.

No, me convenzo que han desbalanceado la silla y me propongo en vano repararla y de paso pispeo la hoja que, para mi desconsuelo, sigue lo más campante, tan blanca como siempre. 

Dicen  que los escritores tienen mañas y de paso gatos,  que es un animal que los egipcios adoraban y relacionaban con la creatividad, las artes y la mar en coche y por algo será, si ellos lo hacían…

Bueno, yo digo a partir del pellejo propio, que las escritoras también tenemos mañas de sobra y gatos por las dudas también.  

Por lo tanto, no puedo sentarme a escribir sin que la casa este limpia y mucho más el escritorio.  ¿Maniática yo?, susurra mi hija por lo bajo, y creo que tiene razón… ¡un psicólogo a la derecha por favor!. 

Sé que mi hija estará de acuerdo en esta convocatoria psicológica,  por lo tanto, inicio el rito.  Los días de mi franco, cierto es que también tengo otro trabajo hasta tanto pueda vivir de este, prendo el on del off de la compu, rezando  a todos los Dioses que otro día me acompañe la pobre: la hago sudar gotas de megabytes que da calambre. 

Ya es instintivo, me levanto y prendo la p.c, siempre pienso que no estaría de más prenderla telepáticamente,  nos ahorraríamos ella y yo bastante trabajo. 

En el camino de vuelta de prender la pava para café, el micro para calentar la leche, preparo el desayuno de la tropa en general, mientras la misma tropa sigue roncando a más no poder, menos los gatos que madrugan pidiendo desesperadamente comida al compás de sus siempre rugientes estómagos: son insaciables. 
 

 



Me siguen a todos lados, se enredan en mis piernas, me mato por ir al baño pero hasta que no los alimento, les aseo el sanitario (me da pena que aromaticen toda la casa) y les doy su ración de mimos que no osan dejarme en paz. 

Trato de que por allá se me ocurra algo pero de inicio nomás me saluda la hoja en blanco,  como diciéndome: lléname y yo como si nada, más vacía que azucarera que jamás ningún integrante de la casa quiera llenar exceptuando yo. 

Amén de los papeles higiénicos,  que vaya a saber por qué, metafísica razón, solo yo pongo en su lugar para que estén disponibles para quien quiera proceder con ellos, como es su usual costumbre...  y la hoja sigue consumiendo electricidad.  De paso apelo a la música a ver si me inspira y  reconozco que no hay como ella para las
labores domésticas.

Con un rock pesado me atrevo a los patios con algún recuerdo gatuno y la metamorfosis de las plantas.  Con  heavy metal me atrevo con los dinosaurios que los gatos pudieran haber esparcido por toda la casa. 

Mientras tanto, invoco a la paciencia para patrióticamente levantar a la tropa y escuchar desde lamentos, invocaciones, enumeración de preguntas, varias a las cuales adjudicar el soberano castigo de tener que ir a clases. 

Entre varios bostezos  consigo que se laven y rezo porque no se acuerden a último momento del mapa físico- político de Uganda. 

Que a las seis y media de la mañana no tengo la menor idea de donde diablos voy a conseguirlo, mientras la hoja en blanco a esa altura me guiña el ojo cómplice, como diciéndome: si no te acordaste de recordárselos, joróbate o hacete el harakiri. 

Por lo menos telepáticamente ya presumo su humor negro dentro de su mutismo.  Ahí ya tengo sobradas razones para dudar de mi cordura, pero supongo que me asemejo a una madre, trabajadora, ama de casa, sin niñera o con niñera y con hijos, con lo cual respiro y sonrío aliviada.

Todavía no tengo obligación de probarme el chaleco de fuerza del manicomio. En referencia al tema ¿habrá de mi talle? 

Con un beso por mejilla despido a todos, abarajando al gato más chico que siempre insiste en escaparse detrás de ellos, logrando que los vecinos ya quieran acribillarme.

Menos mal que nunca se encontró con la gata de arriba pero presupongo que los olores ya se detectaron y uno sabe de la existencia de la otra y viceversa, con lo cual lo único que falta es que concreten. 

A la hora del almuerzo no hay nadie y la casa es para mí.  Para terminar de asearla y comprobar que sola dura en tal condición, hasta el segundo siguiente. 

Trate de acomodar el horario nocturno de mis gatos y hacerlo diurno, así a la noche, todos podamos dormir, por ende, debo divertir a los gatos a la hora de la siesta.  

La hoja en blanco no sabe ya como hacer para ponerse más blanca durante la espera.   Miro una manzana y un poco de gaseosa cola con suficiente cariño hasta que despacho ambas. 

Arremeto con un par de telas de arañas;  que si las sigo manteniendo sin cobrarles el alquiler un buen día me saluda la araña de Harry potter no se cuánto.  

O el arácnido del hombre araña I, II y trescientos que admira mi hijo.  Huelo un olor no muy grato de mis felinos, por consiguiente organizo un baño colectivo.  

Sutilmente porque cualquier cosa que se asemeje a ruido de agua los pone en alerta y se esconden en el horno, heladera, lavarropas o en su defecto en cualquier cosa que haya dejado abierta para volver a cerrar en una mejor ocasión, con lo cual en puntas de pie y de agua, preparo el baño  y con artilugios varios, los hombres siempre caen por el estómago. Luego logro guiar al más chico e incauto al baño. 

Tampoco quiero que sea tan traumático, pobre y  maldigo que el champú para gatos esta casi vacío pero logro mi cometido: marche un gato con olor a rosas. 

Mas tarde procedo con el otro que a esta altura ya esta prevenido y maúlla como un loco que le devuelva a su mojado compañero y que a mi no se me ocurra repetir la experiencia con él, que ya está grande, parece decirme. 

Cuadriculada, es hora de bañarme, mientras tanto, vuelve la tropa con un hambre de dragón, intento preparar la merienda en un intento que no practiquen canibalismo ni conmigo ni con los maullantes habitantes de la casa. 

Me siento, la hoja en blanco pispea y bosteza y las musas sin venir…. Al rato nomás, es hora de preparar la cena. 

La preparo. mis huesos ya reclaman mi aposento, invadido por todos/as, incluida la fauna del lugar, vuelvo a la compu, croniqueo como ser mujer, ama de casa, escribir y no morir en el intento.  

Y les hago un pito catalán a las musas, mientras rezo que se apersonen mañana y mis huesos reptan a la cama y en el último halito de  vida activa despacho a todos y me dispongo a dormir: ¿con qué puedo soñar?...Síiiiiiiiiiiiiiiii, con la hoja en blanco.  Les mando mi bendición diciéndole: a la musa con la musa y listo, ya estamos.

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Mónica Beatriz Gervasoni

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