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Cuéntanos tu vida

Encuentro cercano con la policía

Para comenzar a pagar el derecho de piso de todo inmigrante al Nuevo Mundo.....

Al salir a trabajar, mi “socio” me indicó ir por una calle mientras él iba por otra, recorriéndola en toda su extensión por una acera y volviendo por la otra, para luego encontrarnos al anochecer.

Al llegar al esquina para comenzar la recorrida, se nos acerca una persona que se identifica como inspector de rentas y nos pide la patente. Samuel mostró la suya, y comenzó a dar explicaciones sobre la falta de la mía: que era nuevo, que recién llegaba de Europa, que me llevaba para enseñarme a vender...

El inspector lo dejó hablar y luego nos pidió los documentos. Al ver que él era argentino, le comenzó a recriminar que él debería conocer bien la ley, que no permite trabajar sin la patente o la autorización correspondiente, y nos hizo ir a la comisaría.

Allí Samuel, que tenía mucha labia, comenzó a explayarse en excusas y justificaciones, pero no le dieron corte. A los 10 pesos de la patente había que agregarle 10 de multa, y pueden imaginarse cómo me cayó esto.

Comencé a hablarle al empleado y en eso se abre la puerta y entra el comisario. Después que le explicaron lo que pasaba me hizo pasar a su oficina y contarle lo que pasaba (por el pasaporte se dio cuenta que hacía poco que estaba en el país).

Le conté toda la situación, me preguntó sobre lo que había hecho todos estos meses en el país, y al final terminó perdonándome la multa y diciéndome que pasara el sábado al mediodía para comprarme algo (para más, me recalcó que fuera yo solo)!!

A todo esto se había hecho el mediodía y habíamos perdido la mitad de la jornada de trabajo, no me sentía bien así que volví al hotel mientras Samuel iba a trabajar.

Pedí un té a la mucama y me recosté como una hora. Cuando la mucama volvió a buscar la taza me preguntó qué me pasaba que había entrado tan pálido, le conté todo y me dijo que mañana me comentaría algo.

Salí a trabajar, las primeras tres cuadras nada, a la cuarta me hicieron pasar en una pensión donde había varias personas, casi todos me compraron algo, así que fue todo un éxito.

Como estuve un rato largo y al salir ya había oscurecido, decidí volver al hotel. La mucama, al verme y como Samuel todavía no había vuelto, me dijo que tenga cuidado con él porque ya había tenido problemas con otro compañero de trabajo, y que era haragán y mujeriego.

Al volver Samuel, me dijo que no había vendido nada, y eso me dejó más preocupado. Al día siguiente indagué más a la mucama, quien me dijo que se pasaba todo el tiempo con amigotes y con mujeres.

Al otro día, salimos para Junín, en donde me encontré con un muchacho que había llegado al país en la misma fecha que yo. Andaba vendiendo artículos varios de 20 centavos cada uno, era abrir la valija y ofertar todo a veinte.

La valija contenía más de 50 artículos, era el segundo viaje que hacía y le iba bien. Salí y a la noche me volví a encontrar con el paisanito, Salomón, y nos quedamos conversando de nuestros problemas, que eran casi iguales.

Samuel, como siempre, volvió casi a la hora de cenar, y al rendir cuentas del día, como siempre: magras ventas y, encima, con poca utilidad porque los precios eran bajos. Casi todas las noches salía y volvía cuando yo ya estaba durmiendo, y esta no fue la excepción.

Salomón, al contarle lo que me pasaba con él, me propuso trabajar juntos vendiendo los dos surtidos, a lo que le contesté que al otro día hablaría con mi socio y protector, para preguntarle su parecer.......

Continuará

 

 

 

 

 

Jacobo Rendler
Colaborador

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