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Poemas y cuentos

El Cocinero

Nadie supo porque Antonio Juárez, o Tony como le llamaban, había dejado ese restaurante pituco de Buenos Aires para trabajar como jefe de cocineros en la construcción del gasoducto que una empresa holandesa comenzaría a construir en la Patagonia.

Algunos decían que era solo por dinero. Otros por cuestión de polleras. La ecuación cerraba: nada de gastos y mucho ingreso, era igual a hacer una pequeña fortuna que al cabo de los tres años que tardarían en construir la tubería, lo invertiría en su propio restaurante. Quería que fuera el mejor de Buenos Aires, y lo soñaba todas las noches.

Tony fue seleccionado por un holandés rubio, casi pelirrojo, que se sorprendió por su capacidad, adquirida en los años que había sido cocinero del ejército, y la perspicacia para hacer reír con sus punzantes chistes de maricas que mostraban un sutil costado homofóbico. Era el hombre ideal para ese puesto en la avanzada del gasoducto que llevaría el fluido a través de la Cordillera de los Andes.
 
Mientras el bus lleno de trabajadores que conformaban un crisol de toscos y duros nativos de varias provincias y algunos de países limítrofes quienes saturaban la atmósfera con el típico olor de vestuario, estaba a pocas horas de la ciudad de Neuquén, Tony recordó que nada había dejado en la gran ciudad aparte de algunos sabores en el paladar de los comensales, que seguramente jamás habrían sabido de él, y alguna que otra novia que no lo motivó suficiente.

Antonio Juárez no tenía nada de especial, salvo su intimidante altura de un metro con ochenta y cinco, y su tez blanca que lo diferenciaba. De carácter tranquilo y pausado. Duro con el personal. Y divertido hasta más no decir en el momento de los chistes que, con el pasar del tiempo, se extendieron casi durante todo el día.

Desde Neuquén los transportaron con varias camionetas que los fueron dejando en distintos puntos de la ruta de ripio en cuyo costado descansaban las tiendas de campaña que se extendían de a docenas junto a tremendos caños de acero sin costura que formarían la metálica anaconda.
La Patagonia se extendía en su derredor y al verla se sintió tan solo como allá en la Capital. Quería huir. A su izquierda la vista se extendía hacia la nada y a la derecha, bien lejos, los desafiantes Andes por donde debían pasar los ductos. El viento soplaba inmisericorde desde la Antártida.

Cuando llegó a la cabecera, donde residía el centro de control de las cocinas auxiliares, recordó sus años de milico y puso en acción el mecanismo para fabricar comida en forma industrial que debía reemplazar a los congelados venidos de Europa para los primeros contingentes.
 
Viajaba a Neuquén para supervisar la provisión de las vituallas. El desierto lo aterraba, y disfrutaba pasear por el plácido centro de la capital provincial donde había hecho algunos amigos, especialmente una alegre abogada laboralista adicta a la pesca con la que comenzó a tener encuentros amorosos en su casa. Las necesidades de compra, según él, se extendieron a tres veces por semana.

La cocina cerraba durante unas pocas horas luego que los jefes, ingenieros y ejecutivos cenaban con él dentro de un contenedor aclimatado y bruñido por el castigo del arenoso viento. Era cuando los hacía reír hasta las lágrimas con sus chistes de maricas ganándose el apodo de “Tony, el de los chistes de maricas”.

Sus guisanderos y pinches también reían con sus cuentos cuando se sentaba a contárselos mientras controlaba que al fin del día todo quedase reluciente como un quirófano. Era meticuloso y sabía que era la única forma de conseguir que esa cocina de campaña funcione.
 
 Percibió de antemano que muchos desertarían, y se lo confirmaron los capos que comentaron que esa gente había sido mal seleccionada, ya que eran del norte argentino, criados en zonas selváticas, cosa que los holandeses no tuvieron en cuenta.
 
Uno de los capataces, El Bocha, inventó un negocio en el medio de la nada. Cuando acompañó a Tony, las dos primeras cosas que hizo en Neuquén fue ir al prostíbulo y ver a un tipo que tenía transportes. El negocio era llevar putas al campamento, cobrar a los trabajadores y repartir con las chicas, la madama y el de los ómnibuses donde se consumarían los servicios. Cada viaje le dejaba un buen pedazo del pastel ya que ponía el precio, cobraba y repartía lo que se le antojaba. Era el dueño del circo.

Los dos vehículos con las chicas estacionaban dos veces por semana donde las carpas calefaccionadas con puro aliento se extendían al borde del camino. Los muchachos salían en paños menores corriendo bajo los cinco grados bajo cero de la intemperie para zambullirse en algún ómnibus. El Bocha les cobraba en la carpa y les daba un manoseado ticket, confeccionado a mano y recortado con tijera, que debían entregar a las chicas.

El último lugar que tocaba la caravana del sexo, era el extremo distal de la obra donde residía el hospitalito, los contenedores de los ingenieros y la cocina principal.
Los médicos y enfermeros rechazaban el servicio, sabían muy bien como terminaría la cosa y comenzaron a atiborrarse de antibióticos y jeringas.

El otro que estaba al tanto de los peligros venéreos era Tony, a quien lo inquietaba el solo hecho de ver una aguja, y aleccionaba a los cocineros y ayudantes para que no se encamasen con las chicas del Bocha. Los hombres a su cargo se le reían en la cara y a hurtadillas ya no lo llamaban “El que cuenta cuentos de maricas”, sino el mal ganado apodo de “Tony, el marica”.
 
El tiempo le fue dando la razón, los muchachos comenzaron a desertar. Los primeros en hacerlo fueron aquellos que hacían las tareas más duras. Algunos, que pasaban unos días en el hospitalito para recuperarse, donde recibían trato preferencial y comida más nutritiva supervisada por Tony, contaban que fueron atendidos muy bien por el marica.

Al cabo del primer año el noventa por ciento del personal fue renovado por gente de peor ralea, y lo que se asentó en ellos era la idea irreversible que el jefe de cocina era gay, versión que nunca le había llegado a Tony, aunque cuando pasaba con la camioneta los obreros dejaban de hacer sus tareas para mirarlo con sorna. Algunos que estaban junto a otros se codeaban, reían y lo señalaban. Intuyó que había algo que no llegaba a comprender.
 
Una de las noches en que hacía desternillar de risa con sus chistes de putos, uno de los capos le comentó que se estaba haciendo mala fama.
Otro, dijo que al Bocha lo despedirían en cualquier momento; ya que los holandeses, no obstante tener putas en las vidrieras de Amsterdam, no aceptaban el negocio del prostíbulo itinerante. Se lo habían advertido y el Bocha se estaba cagando en los gringos quienes argüían que la responsabilidad caería sobre la compañía.

 En fin, todo accidente, robo, crimen o lo que sea, embestiría legalmente sobre los holandeses quienes no estaban dispuestos a correr con las pesadas demandas empujadas por los sindicalistas quienes se quedaban con la parte gorda de la torta.

Tal fue el comentario que Tony le hizo a su amiga, la abogada, un domingo que se tomó para no ver las caras de sus nuevos y renovados ayudantes con quienes debía lidiar duramente.
Ella le contó que había iniciado varias demandas contra los holandeses, y que se estaba llenando de dinero, pues los gringos negociaban antes de ir al tribunal ya que no les convenía que se sepan los montos de los juicios en el ámbito de los negocios internacionales.
 
 -Política de empresa le dicen... En definitiva está dentro del precio de la obra y lo paga el Estado, el pueblo. –Remató ella con una sonrisa.
 
En la mente de Tony bullía la idea de esas sumas abultadísimas a las que se había referido su amante. Ese domingo se sintió inquieto y le preguntó: -Por algo grave, muy grave... ¿cuánto se podría sacar?
 
-Ya no sería un asunto laboral, sería penal; y serían... un par de millones –respondió con esa soltura que tienen los que manejan el dinero de otros.
 
El regreso por el camino de ripio que subía y bajaba fue lento y aburrido. El clima había cambiado. Ya no se sentían los gélidos vientos del sur, y aunque las mañanas y las noches eran frescas, el calor apretaba durante el resto del día. El cielo a las ocho de la noche permanecía bastante luminoso por la latitud. Calculó el dinero que había juntado en ese año y medio transcurrido en la mitad de la nada y sospechó que le alcanzaría para una fonda de mala muerte, y si aguantaba otro tanto, le alcanzaría para un restaurante de medio pelo. La plata se la estaba comiendo la inflación. Aceleró la camioneta, que comenzó a traquetear peligrosamente, como una forma de sacarse esos pensamientos de encima o quizá, jugando con el destino.

Cuando llegó al campamento, que había avanzado unos cientos de kilómetros, otro pensamiento se apoderó de él y ensombreció aun más su rostro. Estaba creído que perdería la mano en la alta cocina para transformarse en un bruto cocinero de campaña.
Su balance no llegaba a conformarlo. Se sintió triste, solo, y rodeado por perdedores como él. Los únicos que andaban bien eran los capos y el Bocha.
 
De vez en cuando aparecían los supervisores gringos quienes se maravillaban por lo bien que llevaba la cocina itinerante. Ellos querían llevárselo, para un proyecto, allá, en lo que aún era la Unión Soviética Transural. Pero el objetivo de Tony era un gran restaurante en el centro de Buenos Aires que figure en las sofisticadas revistas de moda. La tentación era inmensa. Cinco años en Asia juntando dólares en cantidades, sería mucho más de lo que necesitaba para su negocio, pero ¿quién lo entendería? –Se preguntó- No tendría a quien contar sus chistes.

Esa noche de domingo estaban esperando a las chicas, pero tuvieron que recurrir a otras argucias. El transporte no apareció. El Bocha había dado por finiquitado el negocio ya que lo intimaron a terminar con el asunto o terminarían con él. No obstante estaba feliz porque había hecho una buena diferencia, pues cuanto más lejos estaba el campamento, más caro había cobrado; lo único que lamentaba era la gran cantidad de condones que ya no podría vender. Pero era un comerciante nato y de alguna manera los colocaría.

El tiempo transcurría en tanto la gente estaba cada vez más extraña, peleadora y bebedora. La falta de putas agudizaba tal excitación. Inclusive algunos se tiraron lances con Tony, cosa que tomó como un chiste de los que habitualmente hacía, y para hacerse el gracioso movió su cadera de manera sugestiva.
 
El verano había entrado de lleno. A las diez de la noche todavía se podía leer el diario bajo la luminosidad del firmamento, y a las once las estrellas se veían como una manga de bichitos de luz estáticos. El cielo perforado por millones de luces titilantes regía sobre ese desierto. La humedad no existía, y si durante el día no había habido viento, la atmósfera absolutamente transparente les regalaba la inmensidad de lo eterno. Pero no sabían apreciarlo.

Tony se sentó medio recostado detrás de la oficina, llevaba una bolsa de papel. Miraba el cielo y se hacía preguntas que rebotaban vanamente entre sus parietales. En el momento que metió la mano en la bolsa, apareció uno de sus ayudantes. Casi no hubo saludo, solo un gruñido apagado en el silencio.

Se miraron y sintieron el aburrimiento que pesaba como toda la eternidad. La brisa fresca era una bendición que despejaba sus mentes. Tony no contó chistes, estaba haciendo números que no resolverían su objetivo. Analizaba la situación y la relacionaba con los importes que le había comentado su amante, y se atormentó.

 Su mano tanteó. Era del tamaño de una pelota de tenis, olió el seductor aroma, se la llevó a la boca, y miró el color rojizo que contrastaba con su suave y amarga piel bordó. Su sabor era tan exquisito que cerró los ojos y sintió como borboteó con inusitado vigor esa dulzura sobre su lengua. Fue lo único que en ese campamento satisfizo su espíritu durante el tiempo que llevaba, y percibió que todo no estaba perdido. Extendió su mano, con la boca todavía ocupada con la ciruela, convidando a su ayudante con esas delicias del valle que había hurtado de una chacra cercana.
 
El campamento trasladaba gente a una miserable villa donde las putas ni existían en las mentes de los pobladores. Agotaron las bebidas alcohólicas, y los lugareños llegaron a vender sus propios vinos. Organizaron excursiones de compras a Bariloche para avituallarse y vender a los muchachos del gasoducto, e inclusive consiguieron instalar un par de chicas en una de las casas del pueblito, quienes se llenaron los bolsillos, en parte, ya que una porción gorda terminó en manos del único uniformado del puesto de policía del villorrio.

 Cuando volvían al campamento completamente bebidos, algunos insatisfechos que no habían logrado alivianar su sementalismo macho, comenzaban trifulcas hasta herirse con los cuchillos de monte que solían tener entre las ropas.
 
Durante uno de los últimos domingos de enero, en que el día había sido endiabladamente caluroso, hubo tales desmanes que el único policía del puesto, tuvo que pedir refuerzos. Tardaron un par de horas hasta que llegaron cuatro patrulleros. La enfermería estaba abarrotada de gente herida. Cuando requirieron sus servicios, Tony no estaba, lo buscaron sin éxito. Los ayudantes tampoco aparecieron, y nadie era capaz de hacer un café en esa complejidad industrial itinerante.

Después que la policía llamó a la abogada amiga de Tony, ésta apretó el acelerador para llegar lo más pronto posible. Había dado orden de no hacer nada que podría complicar la situación legal.
Al bajar de su auto, la abogada quien portaba una cámara de fotos para recolectar pruebas, encontró a la policía tomando declaraciones a siete tipos esposados entre sí. Los habían molido a palos y cantaban como coristas. ¡Chack! ¡Chack! Destellaron los primeros flashes.

Entró al hospitalito y encontró a Tony ensangrentado y sollozando sobre una camilla. Pensó en un momento que lo habían acuchillado por la espalda y se dijo a sí mismo: Trescientos mil; si quedó paralítico, muchísimo más.

Habló con los médicos y se dijo: Esto pasa los dos millones.
Se frotó las manos, enfocó con cierto prurito y ¡Chack!. Un enfermero separó las carnes y ¡Chack!. Hasta terminar el rollo.

Tomó declaración a los facultativos actuantes, levantó actas, e hizo lo impensable para lograr armar la causa de la mejor forma posible.
Aunque perdiese a su novio, tenía todo listo para la gran demanda que llevaría a extremos inimaginables, ya que sería imbatible con las pruebas y lo declarado por los siete violadores.

 

Roberto Silberman

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