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Poemas y cuentos

CRUCIFICADO 2001

Te miro a los ojos, arrodillado ante ti, con mis manos entrelazadas. Mi mente recorriendo, volando a través de todos los días, los minutos, los segundos de este 2001...

Miro tus ojos y en ellos veo los de mis adorados niños. Mis angelitos adorados con sus rostros de sol y sus pelos de luna. Mis ojos se humedecen repentinamente con solo recordarlos. En mi pecho siento un golpe fuerte. De esos que te pega el corazón y que nunca sabes si es para bien o para mal.

Los mismos que te pega la vida. Algunos tan dulces como presenciar el nacimiento de tus hijos y otras tan duros como perder a los tus seres queridos. En lo profundo del silencio busco el rostro de la mujer amada, la cual no esta conmigo. Pero siempre en vano. No lo encuentro.

 ¿Por qué será que aquellos que amamos con el corazón estamos castigados al martirio de su dolor? Te miro profundamente a los ojos y vuelvo hacerte la misma pregunta. Tu me miras pero nada dices.

Dejas que mi mente conteste mis propias preguntas. Que mi ser se cobije en el monstruoso silencio de tu bondad. De pronto me transporto a principio del año. Qué diferente era todo.

 El país aun respiraba. Con pulmotor pero existía. La gente tenia poco, pero algo importante tenia; trabajo. El pan llegaba a las mesas.

Aun se podía gozar de vacaciones. En la inmensidad del mar, la majestuosidad de sus olas, cobijan a mis hijos y a mi amada, mientras el hermano sol iluminaba nuestros corazones de amor y alegría.

Y las campanas de una catedral fantasma repicaban al son de nuestra dicha. Mientras tanto los corruptos continuaban viviendo a nuestro lado, alegres, felices, impugnes, continuando con su fiesta sin fin.

 El año continuó, pero de pronto; la angustia comenzó a vestirse de negro, quedándose como loca sentada a nuestro lado. Yo nunca había visto esa angustia.

Era lo que me faltaba para acceder a comprender la muerte. Lo que nos faltaba al pueblo argentino, para comenzar a morirnos a la espera de la inútil desesperación de las soluciones.

La gente ya no comía. El pan ya no llegaba a las mesas. El trabajo desapareció como un fantasma que cansado de trajinar huyo para siempre al mas allá. Y yo perdí a mi amada.

 Ahora también comprendía la muerte en vida. Condenado a muerte sin condena, aprendí la injusticia de la justicia Argentina. Del abuso de poder de aquellos a quienes nosotros mismos se lo conferimos. Pagamos sus sueldos y alimentamos con nuestros impuestos.

De la desfachatez de nuestra clase dirigente. De la incapacidad de nuestros políticos. De la inmoralidad corruptiva generalizada en la continuación de una gran fiesta, mientras se velaba al pueblo argentino. Ante la mirada complaciente de una justicia con los ojos vendados por intereses personales y políticos. Así paso rápidamente el año.  

Con el corazón despedazado buscando un aire de esperanzas, de no sé dónde. Sin embargo, en medio de la pesadilla, el amor de mis pequeños, fueron las estrellas luminosas que me permiten continuar alicaídamente por mi senda.

Por el contrario, poco a poco moríamos todos. El cielo estaba apagado y las estrellas ya no brillaban. El sepulcro nos invitaba con una generosa invitación.

Pero un 21 de diciembre, un estallido social conmovió al mundo. La gente se cansó de ser cordero para el matadero.

El hambre exploto en sus estómagos. Las gargantas se abrieron clamando justicia. Los puños se cerraron y solamente “parte de los corruptos” abandonaron el barco en el medio de la tormenta. Probando su gran cobardía.

Los otros están expectantes. Como cuervos en sus cuevas. Los conocidos y aquellos que evitan los medios, escondiéndose tras sus despachos como ratas esperando volver a comer el queso. Te vuelvo a mirar a los ojos, con mis manos entrelazadas apretándolas fuertemente.

 En el silencio te pregunto: ¿ Existirá ahora una esperanza? ¿Habrá un futuro mejor para mi pueblo?

 Tú me miras pero con tu silencio cómplice nada me dices. Pero ya se fue, ya se acabó el año. Año horrible, difícil, espantoso. Porque además de tanto estropicio, arruinó a mi gente, destrozó mi corazón esparciendo sus pedazos por el espacio sideral del sin sentido. Aquí estoy en medio de mi soledad, ante ti.

 Pensando en todos los padres que en este momento están privados de sus hijos. Tratando de abrazarlos en un abrazo inmortal que les lleve el consuelo sus voces como melodías del cielo. En todas las madres que no tienen que darle de comer a sus niños. En todos los pobres que festejan con pan y agua. En todos los desdichados, los enfermos y los débiles.

En todos los necesitados de amor y cariño. En todos aquellos que en las zonas más inhóspitas del planeta, cumplen misiones humanitarias. En todos los seres humanos que puedas alcanzar con tu amor universal. Tú me continuas mirando.

 Comienzo a sentir nuevamente ese golpe violento en mi pecho. Aprieto más mis manos. El recuerdo de mis adorados pequeños inunda mi ser llenándolos de su presencia.

Mis ojos son cataratas enrojecidas. Parecería que la vida en este instante se detiene en la ladera más peligrosa. Busco su rostro y no lo encuentro. Busco sus labios y no existen.

Veo que su aurora esta cerca de mí pero no la veo. Me levanto, toco tus pies y me inclino sobre tu corazón para besártelo. Descargando en ese beso la esperanza depositada en ti. Miro tu cruz y como siempre me pregunto a lo que fuimos capaces de llegar los seres humanos.

Cierro los ojos fingiendo no ver. Mientras escucho las voces de hombres y mujeres, padres y madres, niños y niñas, ancianos festejando tu llegada al mundo.

Son las 12 de la noche del 25 de diciembre del 2001. Levanto mi copa y brindando contigo te digo: Gracias Jesús por estar conmigo. Quítanos la cruz de este 2001. Ilumina nuestras esperanzas de un mañana mejor. Danos la paz a todos los pueblos del mundo


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Santiago Oreggia

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