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Bel Air, un oasis oculto en Los Angeles

En el medio del fárrago de Los Angeles, Bel Air es un soplo de aire puro no por nada frecuentado por los ricos y famosos (y no, no estamos hablando de Hill Smith, el “prícipe de bel Air”)

PACIENCIA, CONDUCTOR. ESTÁ USTED LLEGANDO a Los Ángeles. Da igual la hora. El tráfico siempre se ralentiza en cualquiera de las entradas de la ciudad más grande de todo el estado de California.

La visión de Los Ángeles desde la distancia inspira cierto respeto. Su perfil escalonado, inabarcable en un único vistazo, asombra al viajero europeo, poco acostumbrado a la horizontalidad de las urbes del continente americano.

Más que grande, Los Ángeles es una ciudad monstruosa. Una bestia de hormigón, hierro, cristal ahumado y luces de neón dispuesta a ingerir la riada de vehículos que se adentra en ella por el suroeste, a través de la autopista de San Diego, la freeway 405. Esta vía conduce a Bel Air, el barrio más caro, con diferencia, de la ciudad.

Protegido por los cañones de Los Ángeles, el lujoso hotel Bel-Air, miembro de la asociación “The Leading Small Hotels of the World” e imprescindible en la lista de los mejores hoteles del mundo de Notodohoteles, toma su nombre del distrito al que pertenece. Los terrenos sobre los que se levanta fueron comprados en la década de los años 20 del siglo pasado por un empresario llamado Alphonso E. Bell.

En lo que hasta entonces era un valle, Bell quiso crear una zona residencial de lujo rodeada de exóticos jardines, con un establo donde los vecinos pudiesen dejar sus caballos después de cabalgar por los cañones. Un paraíso privado alejado del ruido y el asfalto al que llamó Bel Air para que nadie se olvidara de quién fue su artífice.

En 1946, el tejano Joseph Drown compró los establos y el edificio en el que se encontraban las oficinas de Bell para convertirlos en un hotel especialmente pensado para el descanso de los ricos y famosos de Hollywood.

Atraídos por la privacidad de sus instalaciones y la tranquilidad del entorno, Grace Kelly, Cary Grant, Elizabeth Taylor y Marilyn Monroe, entre otras celebridades, se refugiaban en el hotel después de los rodajes.

Casi al final de Stone Canyon Road, una estrecha calle flanqueada por mansiones, campos de golf y bosques, la entrada entoldada en verde del hotel invita a dejar las llaves del vehículo a uno de los solícitos aparcacoches y atravesar a pie el puente de piedra para adentrarse en un vergel multicolor sembrado de palmeras, secuoyas, robles, árboles frutales, buganvillas, rosas, camelias, gardenias, jazmines y todo tipo de plantas aromáticas.

Un verdadero jardín botánico con más de 200 especies distintas, acompañado de un romántico lago habitado por una familia de cisnes.

Varias villas revestidas de estuco rosa, con cubierta de teja, se asoman entre la vegetación, primorosa e intencionadamente asilvestrada.

Construido en lo que en Estados Unidos llaman mission style, haciendo referencia a las viviendas que los misioneros españoles levantaron por toda la península de California, durante los siglos XVI y XVII, en su labor de exploración y evangelización del continente americano, el conjunto se asemeja a las casas de campo del sur de Francia e Italia. Un modelo de hospedaje que poco tiene que ver con los hoteles urbanos de Los Ángeles.

Las villas se comunican entre sí por pasillos de jardines refrescados por fuentes cantarinas, con rincones amueblados para leer o charlar a la sombra de los árboles. El ala sur del hotel alberga los espacios comunes.

El restaurante, especializado en cocina francesa y californiana, despliega su terraza bajo los arcos del porche. Abierto al lago, compensa la carencia de acristalamiento con una chimenea y un sistema de calefacción radiante instalado bajo el suelo.

Dentro de la cocina se ha habilitado un espacio conocido como Table One donde es posible organizar cenas privadas de no más de ocho comensales y ver en directo como el chef prepara el menú.

El bar adyacente al restaurante, forrado de madera y abrigado por una chimenea, se ha convertido en el punto de reunión favorito de los ejecutivos de Bel Air. Más allá se abre el nuevo salón de convenciones, inaugurado en 2003, equipado con las últimas tecnologías y ambientado con dos chimeneas y un patio con una fuente para suavizar la frialdad de los encuentros de trabajo.

Un total de 91 habitaciones se distribuyen por las villas. Cada una ofrece una decoración diferente, en un estilo clásico muy elegante, con camas adoseladas, tonos suaves para las paredes y ropa de cama, cortinas y tapicerías de F.Schumacher & Co. y Kneedler-Sauchere.

Una cesta con té recién hecho y pastelillos recibe al recién llegado. Los cuartos de baño, muy espaciosos, convencen por sus lavabos dobles de mármol y por la separación de la ducha, la bañera y el wc.

También por detalles como los frasquitos de gel de ducha y crema hidratante de la marca Kiehl’s o el kit de emergencia para terremotos. Al fin y al cabo estamos en California, justo encima de la falla de San Andrés...

Además, todas las estancias ofrecen una mesa de trabajo con conexión a Internet alta velocidad y televisión interactiva. Unas se abren a los pasillos ajardinados desde sus patios, otras abrigan sus salones con chimeneas de granito, mientras que algunas suites ofrecen un hidromasaje instalado en el patio.

En el ala norte, reservada para políticos, estrellas de Hollywood y altos ejecutivos, están las suites personalizadas. Se trata de unas habitaciones decoradas al gusto de aquellos huéspedes que se alojan en el Bel-Air varios meses al año.

El diseñador Sybil van Dijs eligió con ellos el color predominante, las telas, los muebles y demás elementos decorativos. Una de las más atractivas es la suite Chalon, de dimensiones regias y con un techo pintado a mano con los motivos florales típicos de las alfombras persas.

Un capricho que muy pocos pueden permitirse, pues el precio por noche es de 3.000 $. La terraza de la suite denominada Herb Garden recibe las fragancias del huerto del hotel, donde el chef Douglas Dodd recoge las hierbas necesarias para elaborar recetas como el pato asado con miel de lavanda.

Muy cerca de la entrada norte, usada para que las celebridades accedan al hotel en limusina y con total privacidad, está el centro deportivo. Ocupa una casita independiente en la que solían alojarse Marilyn Monroe y su marido Joe Di Maggio, que se está ampliando en la actualidad con la construcción de varias instalaciones spa.

El ambiente relajado del hotel invita a pasear por sus jardines, darse un baño en la elegante piscina oval climatizada o encerrarse en la intimidad de las habitaciones para recibir un masaje o una sesión de aromaterapia, ideal para liberarse del jet-lag.

Sin embargo, la estancia en Los Ángeles insta al viajero a abandonar este reducto de paz y sucumbir al rugido de llamada de la ciudad.

ALREDEDORES: En torno al hotel se agrupan los barrios más exclusivos del condado, conocidos gracias a películas y teleseries estadounidenses exportadas a todo el mundo, que narran las correrías de los adinerados adolescentes de Beberly Hills.

Es en esta zona donde L.A muestra su cara más amable, aunque también la más irreal e inaccesible. Llena de contrastes derivados de su inmensidad, más práctica que atractiva, la capital de las estrellas luce menos en la realidad que en la pantalla grande.

Aunque, en cuanto a lo que a compras se refiere, ofrece todo lo que un fashion victim pueda desear. En las calles comerciales de Rodeo Drive y Montana Avenue no faltan las tiendas de Gucci, Tifany’s o Bulgari, y los centros comerciales más exclusivos, como Century City Shopping Center, Marketplace Melrose Avenue y Sunset Plaza.

Toda la ciudad es un homenaje al mundo del espectáculo, de la televisión y, cómo no, al séptimo arte. Esconde sorpresas gratas como el auditorio de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, instalado en un edificio de Frank O. Gehry.

También, clásicos de visita obligada como la Warner Bross, los estudios Universal y el paseo de las estrellas de Hollywood. Las famosas playas de Santa Mónica y Venice distan menos de una hora en coche del hotel.

Y, si quedan ganas de conducir, se puede visitar San Diego, e incluso atravesar la frontera para tomarse uno de los platillos típicos mexicanos de la Casa del Mole, en la zona Río de Tijuana, y llevarse a casa un alebrije del Centro de Artesanías, en pleno centro.

Fuente: Turismo y Mercado.com

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