Home > Tiempo libre > Taller literario

Poemas y cuentos

A manos llenas

Leonor... qué chica tan simpática... y eso que a mi me toma tiempo para me agrade la gente, mi timidez me lo impide, pero con ella fue algo de un dos por tres...

Cuando la conocí, yo andaba medio desesperada por vender un terreno que teníamos. Con mi marido vivíamos ya en nuestra casa propia pero faltaban los pisos, las puertas, la pintura, una cantidad de vidrios y no sigo enumerando o parecerá que no disponíamos más que del techo puesto.

Ella, Leonor, era la única que contestó a nuestro aviso de venta en los diarios. Era la séptima u octava vez que se publicaba y nada.

De pronto, caída del cielo, llegó esta risa rubia y radiante, que quería comprarlo. A toda prisa además. El banco le daría un préstamo siempre y cuando presentase su documentación completa antes de diciembre. Faltaba más de tres meses, nos pareció a las dos que eso era un amplio plazo para conseguir los papeles.

Ignorábamos la parsimonia de los Registros Públicos, y la posibilidad de que se equivocaran en entregar el papel preciso y cómo una huelga de empleados puede estropear cualquier plan.

Y así fue: a la lentitud, se sumó el documento incorrecto y el no poder reclamar porque nadie estaba en su puesto. Ella me aplacaba cada vez que yo estaba a punto de inflamarme. Era sabia la forma en que ofrecía sosiego.

Y así fuimos viéndonos varias veces. Mientras, me contó todo sobre su marido y me contó sobre su hermana y sobrino y me contó sobre el jardín de rosas que tendría y así siguió contando y contando. Puede parecerles simple y aburrido, cosas que se escuchan a menudo; pero no, no como ella lo decía.



Eso puedo asegurarles. También me enteré que casada, sin niños, estaba convencida que pronto gozaría de su añorado bebé. Llevaba buen tiempo tomando brebajes horribles, sentándose en piedras prodigiosas, soportando la restregada de cuyes, huevos y pichi de cabra preñada, no obstante seguir a la vez tratamientos aprobados por la ciencia.

Aparte de esto, reparé en las cien formas que tenía de reír, agitar entusiasmada la melena y mirarte a los ojos mientras tomaba tu brazo o tu mano y te imaginabas que toda esa gente de la que hablaba era tan formidable como ella. Varias veces soñé que me regocijaba de la vida como Leonor. Porque yo sólo generaba silencios.

También recuerdo su otra ilusión: su casa, con un techado compuesto por cúpulas. Alguien la había convencido de lo económicas que eran, además de lindas. Eso sí, parecía que estaba a punto de tenerlo. Hubo un momento en que dudamos si los Registros Públicos se lo permitirían. Luego paulatinamente fue solucionándose todo.

Un día o dos antes que terminase el papeleo, llegó a casa, con la cara iluminada de manera especial, me abrazó tan fuerte que creí que me privaba del aliento, sin soltarme dijo quedito: Estoy esperando un hijo.

Entendí que los cielos cuando quieren concedernos favores lo hacen a manos llenas. Sus dos ilusiones estaban concretándose a la vez.

Y recibió los papeles del terreno de marras y antes de terminar la semana nosotros tuvimos el dinero. Olvidamos a Leonor.

Pasaron dos años, quizá tres, y un día me encontré más o menos cerca de la calle de ese terreno que alguna vez, de manera pasajera, fue nuestro.

Esta última palabra me hizo pensar si, realmente, era posible poseer un trozo de tierra, me di cuenta que sólo había habido un papelito que decía que era nuestro, porque cómo disponer una de algo que no puede moverse, ni llevarse, ni cambiarlo de sitio.

El papelito se lo pasé a Leonor para que ella a su vez, algún día, se lo diera a otro. En fin... son cosas que nos creemos...

La cercanía me hizo desear transitar otro poquito más en su vida, conocer a su niño, y moría de curiosidad por ver las cupulitas del techo, como ella las llamaba. Viré el carro hacia la izquierda, avancé dos cuadras y divisé las altas formas redondeadas detrás de un muro.

Allí estaban, tal como las había descrito, no eran muy atractivas, pero me alegré de verlas. Estacioné, y rememorando el encanto de su persona, toqué el timbre. Tardaron en abrir, al fin, una empleada de cara arisca asomó.

Pregunté por la señora Leonor, mientras veía hermosos macizos de rosas en el amplio jardín y cercana a la puerta de la casa vi a otra empleada con un pequeñín en brazos. Me sorprendí mucho cuando dijo:

Aquí no vive ninguna señora de ese nombre.

-No es posible, ésta es su casa.

–No. Aquí no vive, no la conozco. Se ha equivocado.

Y recibí un portazo. Regresé al carro, desilusionada, intrigada, molesta.

Al llegar a mi casa las cosas que enredaban mi energía me hicieron arrinconar por completo el incidente.

Otra vez transcurrió mucho tiempo. Tramitaba algo en una dependencia pública, cuando leí el nombre del jefe, era su esposo. Decidí pasar a saludarle. Me recibió reconociéndome enseguida. Después de algunas trivialidades, le pregunté cómo estaba Leonor. Él me miro como extrañado, entrecerró un poco los ojos, volvió a abrirlos y escuché su voz neutra:

-¿No sabías? Leonor murió hace seis años. Fue al dar a luz a nuestro hijo.

Salí lentamente de la oficina, apartándome de su voz indefinida, su calvicie incipiente y del agobio que sentí. Traté de contener las lágrimas que empezaron a insinuarse nublando mi vista. Afuera, algo me distrajo y quise que siguiera distrayéndome hasta salir del edificio y después y después.

Compartir |

 

Pilar del Avellanal

Recomendar a un amigo:

 

COMENTARIOS:

 

Re:

Por VGASTAN


Mas notas del autor:

Pilar del Avellanal

Leyendo horóscopos

Leyendo horóscopos

Estoy cansada, sin ánimos, estresada. Pueden ser rezagos del crucero, pero nunca me he quedado así después de ir a uno, ¿tendré colesterol o algo así? Me pareció lo mejor venirme para acá, al consultorio del doctor Lainez, de fijo me recetará un tónico con vitaminas o revigorizantes, como escuché que los llaman ahora y sanseacabó...

Videos

OTRAS NOTAS SOBRE

Las más leídas

enplenitud

Suscríbete gratis:

Comunidad:

Síguenos: